El Cayado Rover


Hay muchas historias que recuerdo de mis primeros días portando el pañuelo scout con orgullo, y una de las que más recuerdo a la hora de hablar sobre roverismo, fue una de las conversaciones que tenía con uno de los dirigentes, a quien yo lo consideraba mi segundo padrino, el Vasco.

  • ¿Vasco qué es para vos el cayado?
  • El cayado, por lo menos para mí, lo representa a uno mismo. Con todas sus virtudes y defectos, este simboliza las cosas tanto positivas y negativas en una persona, sus heridas, sus batallas, sus triunfos, sus derrotas. También simboliza la persona que uno está buscando ser, tanto presente como futuro, y es por eso que yo siempre lo traté como si fuera una extensión de mi cuerpo. Siempre lo tenía bien posicionado, bien lijado y mantenido. No podía verlo descuidado ni en el piso tirado tampoco.

Sí, ya sé lo que deben pensar, que el cayado simboliza en realidad los dos caminos de la etapa del roverismo, etc. NO SE EQUIVOCAN.

Estamos hablando de una visión particular, y una que me llamó mucho la atención. Empezaba a ver a la horqueta como un fuerte lleno de historia, lleno de aventuras e ilusiones. Pero también, un fuerte en el cual podía apoyarme sin ningún problema, sabiendo que nunca me iba a caer. Se trataba del apoyo y la confianza en uno mismo. Así es como lo veía.

La plática no terminaba ahí:

  • ¿Y cómo logro tener mi propio cayado Vasco?
  • Tenés que encontrarlo en tu propia búsqueda, generalmente se da en un campamento. Se suele decir que uno no encuentra el cayado, sino que este encuentra a su dueño. Algo así como suelen mencionar en Harry potter: “La varita elige al mago”.

¿Qué quiero decir con esto? Que uno se encuentra con ese pedazo de madera que te complementa como persona. Uno lo ve de casualidad, incluso sin tener forma de cayado, y aún así sabe que es el indicado.

Recuerdo haberlo visto y hacerlo mío. Lo hice con mucha dedicación, sufriendo fallas y reparando defecto tras defecto, lo lije día y noche, le di su pasada diaria de barniz y tape las grietas que pude. Al fin y al cabo si lo veías bien se podía apreciar su aire rústico con algunas rayas y pequeños agujeros que habían quedado de arriba a abajo.

  • Pero recuerda, nadie es perfecto – pensé.

Estaba completamente seco y pulido, era hora de estrenarlo. Estaba por irme al grupo cuando me di vuelta y decidí agregar más detalles. Agarré mis dos antiguos pañuelos de viejas aventuras (incluyendo el que portaba el Vasco) y los até en los dos caminos que sobresalían del cayado. Agarré la última soga que me quedaba y armando un ballestrinque doble, me lo alce al hombro y emprendí la caminata.

Mi fuerte estaba hecho, y más fortalecido que nunca. Todavía no había elegido mi camino, pero de algo estaba seguro:

“No se trata de ganar ni de perder, sino del camino que uno elige…”


Nicolás Quevedo

Nquevedo@fogonvirtualscout.com

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